"Lo único constante en la vida es el cambio." Seguro cientos de personas han dicho esto en más ocasiones de las que quiero contar. En mi caso me tocó escucharlo de un amigo, un genio a su modo.
A lo largo de los años, he experimentado más cambios de los que me hubiera imaginado. Muchos llegaron de manera abrupta, otros fueron más naturales, pero lo cierto es que en su mayoría me dejaron lecciones. Y si hay algo que me dejó la pandemia, es la importancia de cerrar ciclos.
La vida en la ciudad
Llegué a la ciudad en agosto de 2009, lleno de expectativas y sueños. Doce años con nueve meses para abonar a la precisión. Durante ese tiempo, me formé profesional y personalmente. Tomar la decisión de mudarme fuera de la Ciudad de México hacia un lugar más al sur y pegadito al mar fue muy fácil en su momento. Como mantequilla fluyó el proceso.
Cerrar ese ciclo no fue una despedida cargada de dudas o arrepentimientos, sino una transición natural, casi orgánica, hacia una nueva etapa que mi vida pedía a gritos.
Un amor que se fue
Hubo un amor en mi vida que llegó de manera inesperada. Como todo en la vida, algunas historias duran lo que tienen que durar, y cuando ese ciclo se cerró, fue un golpe fuerte, pero necesario.
La maestría
Dos años intensos de estudiar, analizar casos, tomar decisiones y exámenes que me desafiarían hasta el límite.
El trabajo que me formó
Durante cuatro años y medio, trabajé en consultoría de negocios y telecomunicaciones, un campo que me enseñó mucho sobre el mundo real.
El cierre de ciclos es inevitable. Al final, todo ciclo cerrado es solo el comienzo de otro.